lunes, 19 de enero de 2015

Elefantes, hipopótamos y rinocerontes en el Guadalete

Un paseo en el tiempo por El Palmar del Conde.
A Francisco Giles Pacheco, maestro de arqueólogos.

José y Agustín García Lázaro. Una banda de cazadores nómadas ha instalado su campamento en una pequeña elevación a orillas de un río, sin nombre todavía. En estos parajes, próximos a su desembocadura, su corriente es muy caudalosa y sus aguas se extienden por la llanura formando un gran pantano. Por el lugar han avistado algunos caballos y ciervos que salen de entre los bosques cercanos y acuden aquí a beber y a pastar. Pero sobre todo han puesto sus ojos en los grandes elefantes que merodean por las orillas, a los que han observado moviéndose torpemente por estos aguazales.

Han realizado un largo viaje desde la parte alta del valle, donde la caza es menos abundante y han decidido establecerse por un tiempo para cazar, construyendo sus cabañas temporales con ramas y pieles en un lugar protegido entre los árboles desde donde se divisa el río.

Los más hábiles del grupo han comenzado a preparar sus armas y herramientas. Para ello han elegido entre los abundantes cantos de caliza que encuentran en las cercanías, los más apropiados para dar la forma deseada a los instrumentos que precisan. Con sus martillos de piedra (percutores) golpearan los cantos seleccionados para fabricar sus hachas de mano, las bifaces, tallándolos por las dos caras, esbozando sus formas primarias y perfilando después, con pericia, sus bordes ayudados de un martillo de hueso. Estas excepcionales herramientas les serán útiles para cortar, cavar, perforar, fracturar… Tallarán también hendedores, raspadores, raederas… y no desperdiciarán tampoco las lascas y esquirlas que se producen al golpear los cantos, ya que les pueden ser útiles para desollar sus piezas, para cortar la carne, para curtir sus pieles… Así lo han hecho siempre: se procuran lo que precisan en el lugar donde se establecen. La próxima estación, cuando la caza escasee, partirán a otro lugar y sólo llevarán con ellos lo imprescindible porque en un largo viaje hay que ir ligero de equipaje…

Esta singular escena, u otra parecida, era posible observarla en las cercanías de El Portal, junto al río. Donde hoy corretean entre los lentiscos y los acebuches los conejos, las perdices y algún meloncillo, en el mismo lugar donde pastan actualmente los caballos de la yeguada de El Palmar, hace tan "sólo" 200.000 años (milenio más, milenio menos), cuando el clima era más cálido y húmedo en nuestras latitudes, podían verse en estos mismos parajes de la vega baja del Guadalete hipopótamos, elefantes, rinocerontes, grandes ciervos o caballos salvajes.  [...] diariodejerez.es